"La extrema derecha en Cataluña es... ¡¡Quim Torra!!"

  • Cataluña
  • 29-06-2019 | 08:06
  • Escribe: Redacción

La interesante entrevista que ha concedido Gregorio Morán a El Catalán repasando la actualidad política catalana.


El Tribunal Superior de Justicia de Cataluña dictaminó hace tres meses que el despido de La Vanguardia del prestigioso columnista Gregorio Morán era improcedente, ofreciendo al periódico dos opciones: la readmisión del periodista abonándole los sueldos atrasados desde su marcha del diario (hace casi dos años)  o pagarle una indemnización de 143.052 euros.

Despedido de La Vanguardia... por incómodo

Así ha terminado una relación de 31 años entre el columnista y La Vanguardia, con un despido improcedente que ajustaba cuentas al periodista por un artículo que nunca se llegó a publicar en La Vanguardia titulado "Los medios del movimiento nacional" en el que Morán criticaba al Govern catalán y a los medios paraoficiales de la Generalitat, poniendo el foco en los sueldos desorbitados de los directivos de TV3, que cobran por encima de los 100.000 euros por cumplir con su misión de ser la voz de su amo.


El Conde de Godó, propietario de La Vanguardia y grande de España, se sintió herido por el artículo, que hacía peligrar la línea de flotación de sus sibilinas relaciones con el poder. Y La Vanguardia se negó a publicarlo, lo que empujó a Morán a distribuirlo entre otros medios, entre ellos El Periódico, competencia directa de La Vanguardia.

Morán explicaba en su artículo 'maldito' que los dirigentes de Cataluña solo buscan imponer su ley, “que no es otra que ir a la ruptura y provocar un conflicto no solo cívico, sino violento”. “Necesitan algún muerto que sirva de símbolo a la asonada. En ocasiones, pienso que estamos rememorando las guerras carlistas a los que son tan agradecidos gran parte de estos fanáticos del enfrentamiento”.


Queda claro quién es Gregorio Morán, un librepensador incómodo, que ahora ha concedido una entrevista a El Catalán, firmada por Óscar Benítez, que por su interés reproducimos aquí en algunos de sus párrafos: 

"La extrema derecha en Cataluña es Torra"

Al modo de Vargas Llosa con Perú, usted en el libro se pregunta “¿Cuándo se jodió Cataluña?”. Y bien, ¿cuándo fue?

En realidad, nunca hubo un momento. En literatura se tiende a buscar el instante, pero en la vida real es un proceso. Desempeñó un papel muy importante Pujol, que fue el gran capo de la sociedad catalana durante muchos años. Y además con una característica muy singular: creó el banco antes que el partido. Por lo general, primero fundas el partido y luego el banco. Pero hacerlo a la inversa es algo insólito. Y él primero creó Banca Catalana y luego Convergència. Al final, ambos proyectos han acabado yéndose al garete. Pese a ello, para los promotores de la empresa ha sido un beneficio suculento. Les ha permitido tener el monopolio político y esquilmar las arcas públicas durante casi dos décadas.

El libro arranca con su despido de La Vanguardia, que para usted evidencia la falta de libertad de expresión en Cataluña. ¿Cree que es peor la situación en esta comunidad que en el resto de España?

Ciertamente, en ningún lugar de España se pueden tirar cohetes. Lo que se ha hecho en Cataluña es parecido a lo que se ha hecho en Madrid. Los vasos comunicantes entre los medios de comunicación catalanes y los del resto de España han sido muy grandes.

A mí siempre me impresionó mucho la visita de Polanco a Pujol antes de lanzar la edición catalana de El País. Polanco esperaba que Pujol reaccionara positivamente pero fue todo lo contrario: se ofendió. “No, no, no. Aquí no tienen que venir de fuera a hacernos periódicos. ¡Nosotros tenemos que hacer nuestros propios periódicos!”. Polanco no captó la ambición de Pujol, pero éste en realidad lo que le estaba diciendo era esto: “Lo que tú estás haciendo en toda España, yo quiero hacerlo en Cataluña”. Y vaya sí lo hizo. Hasta La Vanguardia terminó entregada al Govern: en catalán y hecha a medida. En definitiva, las inercias de la prensa catalana son muy parecidas a las españolas pero en grado superlativo.

En 2017, solo un 12% de los catalanes se declaraba de derechas, la mitad de la media española. ¿Le parece creíble?

Lo que ocurre en Cataluña siempre me ha dejado perplejo. Recuerdo que en una de mis primeras visitas a Barcelona al comienzo de la transición la izquierda estaba debatiendo sobre los países catalanes. Me pareció absolutamente alucinante. A mí me dicen que la izquierda en Madrid está debatiendo sobre la hispanidad y salgo corriendo. Y sin embargo aquí se hacía y se sigue haciendo. Son asuntos de un carlismo no superado.

Por otra parte, esa mezcla de posmodernidad con reaccionarismo tan propia del nacionalismo catalán se asemeja mucho al discurso de Abascal. Y es que entre Abascal y Torra hay muy pocas diferencias, por no decir ninguna. Sin embargo, a Abascal se le ubica en la extrema derecha —con razón— y a Torra en el catalanismo radical. Pues no: la extrema derecha en Cataluña es Torra. Y nada más.

"En otro contexto Torra tendría problemas para sobrevivir"

La portavoz del Govern, Meritxell Budó, se negó recientemente en una rueda de prensa a contestar preguntas solo en castellano. La pregunta es: ¿Cómo hemos podido llegar a esta situación?

Lo ideal para Budó sería que le preguntaran en un idioma en el que no tuviera que responder. En Cataluña, determinados cargos parecen creados para no responder a las cuestiones fundamentales. Sencillamente, esta señora no tiene ni idea de lo que es la política. Es alguien que ha ido medrando exclusivamente por corrimiento de escalafón. Es el mismo caso de Torra, al que los nuevos ungidores de la política le asignaron el cargo diciéndole: “Tú vas a servir para esto”.

Pero Torra es un personaje que en cualquier otro contexto tendría dificultades para sobrevivir. Un editor de ínfima cuantía y culturalmente anclado en el pasado. Eso sí, es un hombre de misa diaria. Y ya se sabe que en Cataluña, para ser buen catalán, tienes que ir a misa todos los días. Sin ir más lejos, tengo un amigo que comparte misa todas las mañanas con Pujol y me cuenta que en ocasiones el resto de feligreses termina aplaudiéndole.

El defensor del Pueblo ha instado al Govern ha retirar los lazos amarillos de los edificios de la Generalitat. ¿Pueden considerarse dichos lazos “libertad de expresión” como aducen los separatistas?

Eso es una estupidez, porque si significaran lo contrario no los pondrían. Los colocan porque se corresponden con su pensamiento. Además, como tienen sobre la Generalitat un sentimiento de propiedad como el que tenían los Pujol —recuerde a Ferrusola: “¡Nos echan de nuestra casa!”— consideran lícito poner banderas, catafalcos y lo que se les antoje.

Otra de sus prerrogativas es repartir carnés de catalanidad. Pujol le dijo a Borrell que él podía haber nacido en Cataluña pero que no era un buen catalán. Un estigma que recuerda a los que dispensaba Franco. No en vano, la concepción del poder en ambos es muy similar. Esto es, usarlo en beneficio de la familia y para contentar a la gente engañándola. Lo curioso en el caso de Pujol es que logró engañar a mucha gente.

Recuerdo cuando Manuel Vázquez Montalbán protestaba porque llamaban corrupto al president. ¿En qué momento Montalbán pasó de ser un charnego a un polaco? Que es otra de esas etiquetas que siempre me ha sorprendido. Yo hice la mili con catalanes y nadie les llamaba polacos. Los nacionalistas han llegado al absurdo de inventarse los insultos que son de su agrado. Lo cierto es que hay charnegos que han hecho el tránsito de esta condición a la de polaco. Es un tránsito de clase. Eso sí, normalización lingüística mediante.

"Fue un intento de golpe de estado, por supuesto"

El juicio al procés acaba de terminar. ¿Cree, tal y como ha sostenido la Fiscalía, que lo que ocurrió en Cataluña fue un golpe de Estado?

Fue un intento de golpe de Estado, por supuesto. Hecho a la catalana manera. Es decir, haciendo el ridículo más espantoso. En Cataluña el Estado siempre se ha entendido como si fuese una vaca: primero la ordeñas y, cuando es vieja, la cortas en trozos y te la comes. Para colmo, el Estado reaccionó tarde, mal y nunca; y además con un incompetente del nivel de Rajoy a la cabeza, y secundado por Soraya Sáenz de Santamaría. Vamos, lo mejor de cada casa.

Por otra parte, los separatistas no tenían nada pensado. Su único argumento es: “Es que nosotros somos así: simpáticos y pacíficos”. Pero lo del pacifismo es relativo. Tampoco en el golpe de Estado de Tejero hubo heridos ni muertos. De hecho, ha habido más heridos en el actual que en el de Tejero. Por suerte, la acción del Estado frenó las consecuencias de ambos golpes.

Por cierto, me hace mucha gracia la actitud de Colau y los comunes ante el golpe catalán: “No estoy de acuerdo con la separación de España pero tampoco con que se detenga a los que declararon ilegalmente la independencia”. O sea, que a usted, si la atracasen, condenaría el atraco pero se mostraría en contra de que detuviesen al atracador.

En un articulo en Vozpópuli, defendió “aislar a Vox para que ocupen el lugar de los terraplanistas”. ¿Qué opina, entonces, de que un partido liberal como Ciudadanos se apoye en sus votos para gobernar en algunas comunidades?

Ciudadanos está en el filo de navaja. Ha tomado una opción política que pudiera ser un espejismo: la creencia —muy similar a la que tuvo Podemos con respecto al PSOE— de que el PP corresponde al pasado. Es una estrategia que, junto a la de sus pactos con Vox, no entiendo. Forma parte de la manía que tienen últimamente los partidos de pegarse disparos en el pie. De inmolarse de la mano de asesores que les ordenan seguir determinadas corrientes.

Al final, los dos contendientes que venían a romper el bipartidismo han resultado más partidistas que nadie. Cs apoyando al PP de Casado y Podemos haciendo el ridículo más espantoso pidiendo limosna al PSOE. Es bochornoso escuchar a Iglesias decir: “Espero que Sánchez no me haya engañado”. Hombre, tienes ya cuarenta años. Deberías estar un poco más baqueteado. En fin, si estos partidos son la alternativa, mejor salir corriendo.

"El secesionismo me recuerda al régimen franquista"

El Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha rechazado el recurso de Carme Forcadell contra la prisión preventiva. Esto ocurre poco después de que el mismo Estrasburgo avalase la suspensión del pleno de la DUI al considerarlo una “necesidad social imperiosa”. A su juicio, ¿cuán importante es para España el relato del procés en el exterior?

Que los secesionistas piensen que la política internacional pueda afectar al escenario catalán me parece de un paletismo absoluto. Recuerda al régimen franquista cuando celebraba que en un artículo de un periodicucho de Dallas se hablase bien de España. No es más que alfalfa para incautos. La política internacional no condiciona en absoluto las decisiones de los países, que tienen que asumir sus propias responsabilidades. No es Naciones Unidas quien marca la agenda interna de los estados. Por ejemplo, la comunidad internacional lleva décadas denunciando que Israel oprime a los palestinos e Israel no les presta la más mínima atención —lo que no impide que la actitud israelí me parezca una barbaridad—.

El director teatral Joan Lluís Bozzo alertaba en un tuit reciente que había que distinguir entre catalanes y “españoles nacidos en Cataluña”, un discurso cada vez más frecuente en ciertos círculos secesionistas. ¿Ve posible recuperar la convivencia en Cataluña?

Recuperar la convivencia llevará muchos años. Y no ha sido Mariano Rajoy quién ha provocado la división, sino los separatistas. Rajoy no hizo nada por pura incompetencia, pero los separatistas por pura incompetencia hicieron todo lo contrario. Lo peor es que aquel que intente encontrar una solución a lo ocurrido solo conseguirá que le lanzan un bote de Aguaplast amarillo. Eso sí, lanzado pacíficamente.

En conclusión, es difícil avanzar porque el asunto se dirime con gente que está en otra galaxia, que se mueve con vientos y horizontes que no tienen nada que ver con los nuestros. Los que nos oponemos a la secesión en Cataluña somos supervivientes en una sociedad en la que estamos de más. No hay mucho qué se pueda hacer. No queda otra que aguantar.

 

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