El coraje de Margarita Taylor, la colaboradora en la sombra del 'Schindler' español

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  • 07-06-2019 | 09:06
  • Escribe: Julián Fernández Cruz

Así ayudó Margarita Taylor a Eduardo Martínez, el Schindler español, a evacuar de los campos de concentración a miles de refugiados que huían del nazismo


Cuando Margarita Kearney Taylor se instaló en la esquina del paseo de la Castellana con Ayala, había elegido vivir en la capital más provinciana de Europa. Algo debía tener ella en mente siendo una conocida mujer de mundo, al instalarse en ese rincón y no en Bruselas o Estocolmo. Eso no lo sabía tampoco su hija.

Quizás lo hizo porque su establecimiento estaba a sólo dos calles de la embajada británica, por un lado, y por otro al colocar explícitamente el cartel de su salón en inglés delante de los aristócratas del vecindario, dejaba claro que su intención era atraer a un público influyente, social económica y políticamente hablando. Los vecinos que ella ya veía como clientes y que sabía bien que todavía recordaban con nostalgia a su reina inglesa. Victoria Eugenia. Pura asociación de ideas que obtuvo su efecto.


A pesar de la atmósfera explosiva de aquel Madrid, para usar las mismas palabras del embajador Hoare, Margarita Taylor pudo aglutinar entre sus cuatro paredes, como en un callado ritual sentimental de su estratégica esquina madrileña, a los últimos monárquicos románticos que quedaban en la capital, sin que ninguno tuviera necesidad de mencionar a esa añorada reina inglesa durante los primeros tiempos franquistas, aunque todos la recordaban con afecto.

Embassy, lugar de encuentro de las élites y representantes diplomáticos

Ésa era, muy posiblemente la verdadera intención de la irlandesa. Mezclar a las, en su día, influyentes élites monárquicas (que no tardaron en sustituir por otras más indiferentes aquellas modas y forma de vida) con los representantes diplomáticos de las embajadas suiza, belga, norteamericana, holandesa, británica y noruega de la vecindad.


Para que, a su vez, ellos pudieran codearse con los hombres de negocios que visitaban Embassy regularmente. El establecimiento se convirtió en el principal referente de encuentros distinguidos desde que se inauguró en 1931.


Eduardo Martínez, el Schindler español

Por si es no fuera suficiente, Alemania tenía su embajada enfrente y tampoco era extraño que sus funcionarios acudieran a tomar un té, entrando y saliendo por la misma puerta giratoria que hasta hace muy poco aún existía, como cualquier cliente del barrio Salamanca, o más interesados aún en curiosear en un ambiente típicamente británico. El embajador Von Stoher podría aparecer en cualquier momento, sabiéndose protegido por los arrogantes oficiales de la Gestapo, de porte mucho más altivo que los mismos aristócratas cuando actuaban impunemente entre los españoles.



Tras su estratégica situación y ambiente, pero sobre todo por la habilidad de Margarita Taylor para aglutinar a los chics más destacados que paseaban por Madrid en sus escasos setenta metros cuadrados de local, ella logró reunir con ingenio y su elegancia natural a unos seres irreconciliables y abiertamente enfrentados a muerte en cualquier otro lugar de Europa, conservando en su pequeño islote de paz una sugestiva concordia que contrastaba con el caos que asolaba el Viejo Continente. 

Un oasis de paz en plena Segunda Guerra Mundial

Dentro del aislamiento carismático del recinto, este público tan selecto, a su vez, se comportaba como si ese diminuto mundo sólo les perteneciera a ellos. Ya que Margarita tuvo la sagacidad de hacer que sus clientes se sintieran identificados por algo que superaba a las tragedias del momento; hacerles sentir que formaban parte de las élites y de una misma clase social por encima de los enfrentamientos.


Eduardo Martínez, el Schindler español

¿Fue entonces sólo idea de la irlandesa, o una sugerencia indirecta de algún colega de Inteligencia que creara este negocio precisamente con una intención social? Visto lo visto no sería extraño pensar que Margarita Taylor, a pesar de todo, también fuera un agente especial del Servicio Secreto británico establecida en España tras la marcha de la reina Victoria.

Durante las tardes que se citaba la joven duquesa de Montoro con sus primas Falcó o las Silva, mientras su padre, el duque de Alba, ejercía de embajador en Londres, en las mesas próximas departían con toda naturalidad los colaboradores clandestinos unidos a Margarita Taylor: Tom Harris, Walter Starkie, el matrimonio Creswell, corresponsales de prensa, diplomáticos, médicos, financieros con o sin sus esposas, para reforzar las reuniones-tapadera de los refugiados a las que eventualmente se unieron el matrimonio Logie o Marjorie Hill, la famosa enfermera jefe del hospital Hispano-Inglés, directamente relacionados con las evacuaciones y el soporte de los heridos que no tenían inconveniente en echarle una mano a su amiga merodeando socialmente por el local.

Actividades clandestinas en el café Embassy

¿Quién podría imaginarse que ese ajetreo social estaba ocurriendo al mismo tiempo que unos aliados tan osados como los que aquí se describen llevaban a cabo sus actividades clandestinas? La gente continuaba conversando sin inmutarse, sin levantar la voz y manteniendo su compostura, pero, sobre todo, sin saber lo que realmente se cocinaba en aquella trastienda, mientras se ayudaba a colar hasta los salones a los refugiados delante del público, camino de la frontera.


Eduardo Martínez, el Schindler español

Tantos años después todavía asombra descubrir que nadie sabía entonces (ni después) que Margarita Taylor amparaba en su propio establecimiento a los aliados cubriéndose en un ambiente distendido para cumplir con las instrucciones serias y directas de un MI6 que lo hacía a propósito. Una insospechada colaboradora underground que salvó la vida y ayudó a evacuar de las formas más rocambolescas a miles de refugiados gracias a su valiente y generosa aportación.

Embassy se convirtió de esta manera en un centro neurálgico y aislado en el que se alternaban sin correr peligro los que eran enemigos declarados a pocos kilómetros de allí. A todo esto, conservando una atmósfera de colonia británica, como si estuvieran en Hong Kong o Kenia, supuestamente indiferentes a las tendencias políticas del momento y de sus variados clientes.


Eduardo Martínez, el Schindler español

Esos clientes que ignoraban lo inimaginable; que esa señora irlandesa, eficiente y amable que los atendía con suma discreción, además de concentrar a un círculo social privilegiado en ese rincón madrileño, los desafiaba por detrás, delante de sus narices, al arriesgarse a pasear a los perseguidos por su propio establecimiento. Todo ello cuando nadie (fuera del entorno más íntimo) conoció los empeños humanitarios que ella se traía entre manos, mientras la guerra seguía su letal curso en Europa.

El relato de Patricia Martínez sobre Miranda de Ebro: Hambre, pavor, angustia, incomunicación

Entre los variados personajes que nos visitaban en casa, no faltaba a su cita el capitán Hillgarth, ya concluidas sus actividades diplomáticas y militares de los años cuarenta y de regreso en Irlanda. Viajaba a Madrid al menos tres veces al año, con una u otra excusa, y aparecía siempre con toda la confianza con que le recibíamos a él y a su familia. Mi madre le perdió enseguida el miedo de su primer encuentro de recién casada, y desde el momento que empezaron a tratarse en Londres, durante la guerra, se profesaban el mismo afecto que le unía a Eduardo Martínez, mi padre. 

Como es natural, Alan también estaba bastante más relajado que entonces. Se reía mucho con nosotros y aparecía como un hombre pleno y feliz. Aunque fuera cumpliendo años, se mantenía en forma y disfrutaba de la vida intensamente, lo que se le notaba en una vivacidad divertida, gozando de todo lo que España y los españoles le ofrecían, muy lejos ya de las tensiones de la guerra.


Eduardo Martínez, el Schindler español

Alan Hillgarth era un amigo discreto que aparecía y desaparecía invariablemente y con sigilo de nuestras vidas durante cerca de cuarenta años y al que se le respetaba no sólo por la antigua amistad con mis padres sino por haber compartido con Lalo unas vivencias tan insólitas como secretas. Entre ellos existía una simpatía difícil de clasificar para quienes no hayan experimentado algo parecido. No he conocido otro vínculo más auténtico entre dos personas que el suyo. Alan y mi padre parecían confabulados en una relación personal, casi idílica, indescifrable, de las que perduran entre hombres que han compartido y superado situaciones de extrema gravedad. Y grandes secretos. Algo que únicamente ellos dos parecían entender y que los demás respetábamos por su valor sentimental. Una fidelidad alentada sin disimulo por los protagonistas hasta el final de sus vidas, sin el menor altibajo.

Puede uno imaginarse la calamitosa situación de los prisioneros en Miranda de Ebro al acabar la Guerra Civil. Junto a los presos rezagados del fin de ésta, en abril de 1939, el relevo europeo a partir de septiembre añadió patetismo a un escenario ya escabroso de por sí. Escasos alimentos, ropa y medicinas, desinformados de cuanto ocurría en el mundo exterior, corriendo el riesgo de ser deportados o fusilados y aislados de lo que no fuera su propio terror, la perspectiva de un futuro incierto, o de caer enfermos por la escasez generalizada, la falta de higiene y el hacinamiento, aquellos hombres vivían en una incertidumbre constante. Hambre, pavor, angustia, incomunicación. Era indudable que había que buscar salidas para, si no solucionar, al menos aliviar el drama de los más de tres mil hombres recluidos en un espacio inicialmente previsto para quinientos. Además de intentar sacarlos de allí como fuera, Eduardo Martínez Alonso organizó una ruta hacía Portugal, por Aranda de Duero, hasta llegar hasta su casa de Redondela y darles salida hacía el Atlántico.

Considerando los innumerables impedimentos oficiales para conseguir los visados de entrada y salida del país y los salvoconductos para circular por España, era notorio que las autoridades españolas controlaban los movimientos internos de la gente a su manera. Los evadidos de las cárceles extranjeras que llegaban a España y caían presos (aunque fuera territorio neutral) deberían permanecer así hasta el fin de la guerra si no se tomaban las medidas pertinentes. Pero más importante aún, si alguno caía en manos de la policía o la Guardia Civil, éstos estaban autorizados a avisar al agregado militar de su embajada o a los cónsules en las provincias, pero no siempre les llegaba el requerimiento. Un proceso que en Suiza tardaba horas en solucionarse y en Suecia pocos días, en España requería esperar semanas o incluso meses, por lo que la mayoría de los detenidos preferían inventarse una historia ante las autoridades españolas para salir lo mejor parado posible.

Buscando soluciones para cooperar con sus amigos ingleses a Eduardo Martínez se le ocurrió echar mano del fraile capuchino que había sido su capellán (obviamente del lado nacional) en la unidad móvil de Cruz Roja española en Mundaca, Vizcaya durante la Guerra Civil. Sabiendo que estos frailes tenían varios conventos recónditos en las faldas de los Pirineos navarros, les pidió que alojaran a los perseguidos y sirvieran de enlace en los traspasos humanos, para evitar así que acabaran en Miranda de Ebro. Aun teniendo en cuenta las pésimas condiciones de las carreteras nacionales en esos años, si trazamos una línea geográfica desde Jaca a Galicia, sería fácil desviarlos hacía Portugal o hacia Ciudad Rodrigo, en Salamanca, para evitar pasar por Madrid en su salida. Ésta es posiblemente una de las primeras rutas de evacuación clandestina que se organizaron en España, y que se fueron ampliando y modificando según conviniera.

El campo de concentración de Miranda de Ebro

La influencia que la Gestapo tuvo en Miranda de Ebro fue muy importante, sobre todo a partir de la visita a España del líder nazi Heinrich Himmler en 1940. Su visita tenía dos objetivos principales: repatriar a los alemanes presos en España, así como detener a posibles espías del bando aliado. El campo fue dirigido por un tiempo por Paul Winzer, un alto cargo nazi. Lo cierto es que desde 1941 hasta 1943 (hasta que Franco se comenzó a distanciar de los nazis e italianos al ver cómo se estaba desarrollando la II Guerra Mundial) la Gestapo interrogó a los prisioneros, organizó el centro e incluso decidían los destinos de los presos. En las navidades de 1942 se inició una huelga de hambre por parte de un grupo de internados que reclamaba su liberación. En 1943 tenía 3.500 prisioneros extranjeros.

La conmovedora situación en la que se encontraban los hombres confinados, tanto en el campo de concentración de Miranda de Ebro como en la cárcel del Castillo, en Gerona, en Albatera, o San Pedro de Cardeña, entre los recintos que han quedado documentados, forzó a los británicos a improvisar métodos liberadores. Cualquier procedimiento de rescate, por arriesgado que fuera, servía para aligerarles la salida y evitaba prolongar los sufrimientos de los presos.


Eduardo Martínez, el Schindler español

El tan temido tifus, una enfermedad mortal y muy extendida durante la Guerra Civil, se transmitía a través del popularmente llamado piojo verde, y para principios de los años cuarenta aún estaba en su apogeo. Una infección común que en ciertas circunstancias podía convertir en epidemia, particularmente en recintos insalubres y cerrados, como en las cárceles, en los cuarteles y en el propio frente de batalla.

A pesar de las planchas que se repartieron a los presos por encargo del doctor Martínez Alonso, para repasar por las costuras de la ropa donde se alojaba los piojos, como él mismo cuenta en sus memorias, la enfermedad atacó a uno de los militares británicos en Miranda de Ebro. Por suerte fue el único.

Pero la historia real va más allá. Descritos los síntomas a los visitantes regulares de la embajada británica y examinado el enfermo sobre el terreno se le pudo diagnosticar el peligroso y epidémico tifus. Temiendo que una auténtica epidemia pudiera propagarse y agravara aún más la precaria situación de los internos, y por indicación del doctor Martínez Alonso, el capitán Bordonado, director del campo de concentración de Miranda de Ebro, decidió liberar al oficial británico inmediatamente para evitar males mayores.

¡Un chispazo salvador surgió a partir de ahí! Si la firma de un certificado médico había salvado a un enfermo auténtico, otros falsos enfermos-reclusos podrían quedar en libertad manipulando el inesperado diagnóstico redentor, el capitán Bordonado no repararía en soltar a los futuros enfermos, portadores del tifus, para evitar un mal mayor de incalculables consecuencias.


Eduardo Martínez, el Schindler español

Un nuevo método de evacuación estaba servido. No había mal que por bien no venga. La firma de un médico español, colaborador de Cruz Roja española, aunque viniera de parte de los británicos, era una garantía para los carceleros nacionales. Aprovechando las circunstancias y reaccionando rápido y bajo su responsabilidad se pudo liberar a un número indeterminado de prisioneros, entre los que se colaron parte de los judíos polacos retenidos indefinidamente por las autoridades españolas que tanto le preocupaban al agregado naval británico. 

Aquello era la oportunidad que tanto esperaban y el doctor Martínez Alonso la aprovechó, y se arriesgó a certificar múltiples casos con el milagroso y oportuno diagnóstico de tifus. ¿Cuántos?, se ignora, habría que revisar los archivos del campo de concentración, si es que quedó algo registrado. Esta treta dio tan buenos resultados que además de evacuar a los prisioneros en los coches habituales de la embajada, se incluyeron ambulancias de la Cruz Roja española, para facilitar todavía más salidas, a través del director del centro en Madrid, el doctor Francisco Luque, que no dudó en poner los medios para colaborar con su amigo y colega.

Refugiados extranjeros en Miranda a 21/11/1941

Polacos 362—Belgas 150—Holandeses 6 – Checoslovacos 19 - Yugoslavos 12 - Griegos 1 - Canadienses 40 - Austriacos 2: Total 642

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