Así escapó de la Gestapo Eduardo Martínez Alonso, el 'Schindler español'

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  • 05-06-2019 | 08:06
  • Escribe: Julián Fernández Cruz

Eduardo Martínez Alonso, considerado como el Schindler español por salvar las vidas de miles de judíos, logró escapar a Portugal huyendo de la Gestapo


A partir de los testimonios de su madre y del diario inesperadamente aparecido de su padre, el Dr. Eduardo Martínez Alonso, escrito en 1942, Patricia Martínez De Vicente va desgranando las aventuras bélicas de la II Guerra Mundial que ellos compartieron en la clandestinidad.

Unas vivencias que rozan con la ilegalidad a partir de su boda viguesa y de las que salieron ilesos a pesar de las dificultades. 


En La Clave Embassy, la escritora va desvelando los secretísimos motivos por los que los recién casados tuvieron que huir de España a las pocas semanas perseguidos por la Gestapo. Una arriesgada aventura desconocida incluso entre la familia hasta que ella lo publicó en el año 2010. 

Rescates humanitarios

Por tanto, la hija relata las auténticas experiencias de estos desconocidos rescates humanitarios realizados a través de España en la clandestinidad franquista en los que participó su padre junto al Servicio Secreto Británico como uno de los primeros SOE (Special Operations Executive) entre 1940-42. 


Así lo novela ella dentro de un relajado marco histórico y social cuyas aventuras se respaldan en documentos oficiales. De tal forma que se van enlazando los testimonios maternos actualizados con los recuerdos familiares de su infancia entre breves extractos de las memorias paternas publicadas por Doubleday en Nueva York años atrás.

Una singular experiencia humanitaria ocurrida en España en plena crisis bélica internacional, que obliga a huir a esta pareja de recién casados, como si se fueran de viaje de novios a Lisboa y cuya hija, años después, irá descubriendo entre los misterios familiares por aclarar en sus treinta años de convivencia. 



El doctor Eduardo Martínez Alonso

De por si las características personales de este doctor gallego nacido a principios del siglo XX no eran usuales. Hijo de diplomático destinado entonces en Liverpool, Eduardo Martínez Alonso era uno de los pocos médicos españoles  -si no el único en el Madrid de los años 1940– que había estudiado medicina entre Inglaterra y España, una singularidad que le permitía ejercer en ambos países, pero más aún relacionarse con las colonias diplomáticas de la capital. 

Además de su consulta particular en el Barrio Salamanca, era médico de la Cruz Roja Española establecida en Madrid desde el año 1926, lo que concentraba los mimbres perfectos del ciudadano respetable como el impensable colaborador clandestino de los propósitos humanitarios que los Aliados habían concentrado en España desde el comienzo de la II Guerra Mundial. Algo que poco a poco se nos desvela en esta atrayente novela entre sus intrigantes vivencias privadas. 


Eduardo Martínez, el Schindler español

Será con la desclasificación oficial en el 2005 del Freedom of Information Act que aparece en los archivos del Servicio Secreto Británico del National Archives la carpeta personal del Dr. Eduardo Martínez Alonso que reafirma de manera oficial lo que su hija comenzó relatando como recuerdos familiares. 

Una valiosa e inesperada información añadida a los relatos maternos del comienzo. Por lo tanto, las que parecían las aventuras de unos intrépidos recién casados contarán con el respaldo oficial que valida la inestimable, oculta y misteriosa participación humanitaria de este hombre de apariencia tranquila, incluso frívolo por su afición a las diversiones sociales paralelas, pero que llevaba una doble vida junto a otro puñado de valientes cooperantes españoles y británicos del Servicio Secreto ya repartidos por toda España. Labor que se irá ampliando paulatinamente por el resto del país. 

Rutas clandestinas

Por lo tanto, en La clave Embassy se recopilan las vivencias de las primeras rutas clandestinas de los refugiados europeos –judíos y gentiles- que cruzaban media Europa hasta verse liberados en Portugal a través de España. Entre otras muchas, la organizada por el mismo doctor entre el campo de concentración de Miranda de Ebro-Vigo-Valença do Minho, tras haber alojado a cientos de falsos pacientes retenidos por las autoridades españolas en su casa gallega de Redondela antes de continuar viaje – siempre clandestino- a Portugal

Una vez establecidos en Londres, Eduardo Martínez Alonso siguió ejerciendo como médico, pero continuó supervisando junto al MI5 las posteriores evacuaciones clandestinas por el rio Miño hacia Portugal, además de encargarse a través de la Embajada de España del envío de medicamentos hacia la Cruz Roja en Madrid como parte de los acuerdos de intercambios humanitarios entre los gobiernos británico y español. 

Junto a los protagonistas de esta excepcional novela histórica y biográfica, con el avance de la guerra se suman otros colaboradores de los diversos salvamentos clandestinos, refugiados e indocumentados que continúan penetrando con sigilo por las rutas de evacuación pirenaicas enlazadas con Francia.


Eduardo Martínez, el Schindler español

Militares escabullidos del nazismo, desertores de los ejércitos europeos sometidos al Führer, perseguidos de distinta índole, indocumentados, apátridas y judíos (polacos y checos en su mayoría en este primer periodo) serán los que continuarán beneficiándose de los secretos acuerdos hispano-británicos ocultos al gobierno Nazi alemán, escudados siempre en la neutralidad española. 

Una delicada, desconocida, e intrigante labor de alto secreto llevada a cabo por el intrépido doctor español, además de aquellos colaboradores que continuaron turnándose el resto de la guerra para respaldar a los equipos humanos que cooperaban en los distintos tramos de unas evacuaciones que se prolongan hasta 1945. 

En La Clave Embassy se muestra también cómo durante las visitas regulares al campo de concentración de Miranda de Ebro en ambulancias de la Cruz Roja Española, el incansable Dr. Martínez Alonso utiliza falsos certificados médicos y otras triquiñuelas escamoteadas al liberar a los falsos pacientes. 

La inestimable colaboración de Margarita Taylor

Tras un difícil y peligroso periplo por la estrechamente vigilada geografía española, en otras facetas paralelas de los rescates, el doctor cobija a cientos de refugiados en su piso de la calle Gurtubay en Madrid. De la misma forma que Margarita Taylor, la dueña del salón de té establecido en el Pº de la Castellana 12, de donde toma el título está interesante novela, juega un papel similar, sólo que abiertamente de cara al público al alojar a cientos de refugiados en su piso privado sobre las dependencias del negocio. 

También esta valiente irlandesa establecida en Madrid desde años atrás formará parte del equipo de cooperantes anónimos del MI6 encargados de llevar adelante estas secretas operaciones humanitarias en tránsito por España. Las que inevitablemente irán aumentando y diversificando según avanza la guerra. 

El salón de té Embassy, elegante centro social y cobijo de los refugiados

En La clave Embassy se cuenta por primera vez que el salón de té Embassy, uno de los centros sociales más elegantes del Madrid de la época, servía de cobijo de los refugiados anónimos muy bien disimulados entre las reuniones sociales de los rescatadores mezclados entre el público, ajenos a lo que sucedía ahí mismo.

Pero sobre todo a la Embajada alemana que tenían enfrente. O a los agentes de la Gestapo abiertamente aceptados por el gobierno del general Franco que podían merodear libremente en Madrid entre sus enemigos en las trincheras más allá de las fronteras. 


Eduardo Martínez, el Schindler español

Unas operaciones de salvamento urbano que una vez que desaparecen la pareja protagonista continuaron hasta el fin de la guerra con el valeroso apoyo de su propietaria, Margarita Taylor. Cuando el Dr. Martínez Alonso y su mujer ya llevaban años fuera de España socorriendo aún desde lejos las necesidades internas.

Colaboración humana durante la II Guerra Mundial

Patricia Martínez Vicente detalla por lo tanto en La Clave Embassy esta inverosímil, desconocida y secreta colaboración humana en la neutral España durante la II Guerra Mundial que enlaza los conflictivos entramados de las evacuaciones aliadas a su paso por la Península Ibérica, hasta que vamos descubriendo que no ocurren tan a espaldas del Gobierno franquista como se supondría. Pero siempre a escondidas de los agentes de la Gestapo que actuaban libremente por toda España

Como publica en 1946 el que fuera entonces embajador en España, sir Samuel Hoare, entre 1940-44 se llegaron a salvar ilegalmente más de 30.000 víctimas del nazismo con éstos y otros procedimientos similares. 

Pero en realidad ahora sabemos, por los documentos desclasificados de la Cruz Roja Británica en 1949, que los salvados rondan un total de 300.000. 


Eduardo Martínez, el Schindler español

Aunque si es cierto que es imposible calcular su número exacto precisamente por los impedimentos documentales y los muchos fugitivos que nunca se registraron como tal. Así todo, lo miremos como lo miremos, estas eran unas aventuras desconocidas hasta que la autora de La clave Embassy las publicó. 

Con un importante respaldo testimonial, bibliográfico y documental, sostenido por una seria investigación de años en los archivos españoles e ingleses que le han servido para contrastar los testimonios familiares con sus escasos conocimientos personales, la autora presenta en un lenguaje sencillo y coloquial un capítulo de la historia contemporánea prácticamente desconocida hasta su descubrimiento. 

A todo esto, con un final auténtico y feliz cuando la pareja perseguida en principio regresa a vivir en Madrid al terminar la guerra y se reincorporan a su vida sin sufrir ninguna persecución ni distorsión franquista.

La Gestapo en la Puerta del Sol

—Señor comisario, ha vuelto ese capitán Hans Vogel.

—¿El mismo alemán de ayer…? ¿Pero no te he dicho que le digas que no estoy?

—Ya lo sé, señor comisario, pero no quiere marcharse. Está muy enfadado. Dice que se quedará ahí fuera hasta que usted le reciba para…

No había terminado de decir la frase el subalterno de Lisardo Álvarez, cuando la puerta de su despacho se abrió de un modo brusco y entró, formalmente vestido de calle, el capitán de la SS Hans Vogel, destinado en Madrid.

Era el mismo que el día anterior había esperado en una antesala casi una hora ante el despacho del comisario general Político-Social de la Dirección General de Seguridad, en la Puerta del Sol número 1 Lisardo Álvarez, marchándose enfurecido por no haber conseguido verlo. Pero hoy no estaba dispuesto a aceptar que se repitiera la ofensa, y sin ningún permiso abrió la puerta del despacho airadamente para entrar con determinación. En un español claro, de fuerte acento alemán, el oficial mostró su ira abiertamente.

—¿Cuánto tiempo tenía pensado hacerme esperar hoy?

—Perdone capitán, pero estoy muy ocupado. Ahora no le puedo atender…Por favor, Samuel, le puedes indicar la salida al…

—Ninguna salida, señor Álvarez —cortó el teutón con pronunciado ceño—De eso nada. Hoy no me muevo de aquí hasta que logre hablar con usted. ¡Y escúcheme bien! —exclamó fuerte y claro—Ha sido usted el que me ha obligado a volver hoy por su falta de consideración de ayer. Así que quiero que se me atienda. Inmediatamente. ¿Está claro?

—Está bien, está bien Vogel, pero no necesita decírmelo a gritos. Le concederé un momento —claudicó Lisardo amablemente, sin alterarse ni agachar la cabeza.

—El tiempo que sea necesario —precisó su interlocutor— ¿Me entiende? 

—De acuerdo, de acuerdo, Vogel… Cuénteme que le preocupa tanto esta vez.

—Mire comisario…Estoy muy descontento con lo que está ocurriendo en estas dependencias. Ustedes no están cumpliendo con lo establecido entre su patria y la mía, y esto no puede seguir así.

—¿A qué se está refiriendo?

—Sabe muy bien a lo que me refiero…A cumplir con nuestros pactos. Y más concretamente, con el Pacto de Acero firmado entre España y los países del Eje. Además de otros acuerdos bilaterales entre España y Alemania que usted debe conocer de sobra, y según los cuales un enemigo de Alemania también lo es de España.

—En efecto, capitán. Y de Italia también…y si me apura, hasta de Albisinia. —El comisario sonrió con desgana—. Pero de acuerdo con su guerra. Y que yo sepa, España aún no se la ha declarado a nadie.

—No quiera interpretarlo a su modo. Nuestros acuerdos de 1940 han de cumplirse, entre o no España en la guerra. Aparte de los arreglos comerciales preestablecidos entre el general Franco y el Führer. ¿O ya se le ha olvidado lo que los alemanes hicimos por ustedes para que ganaran la guerra los nacionales? ¿Eh? ¡Los suyos!

—Desde luego que no, capitán. Pero también debe admitir que los correspondemos con un trato preferente. Y no sólo en las relaciones comerciales… ¿Qué me dice de nuestro apoyo humano? Ahí tienen a mis compañeros de la División Azul. Dieciocho mil españoles luchando en Rusia, codo con codo con su ejército contra los bolcheviques. ¿No le parece un buen respaldo? Tampoco se olvide usted de eso.

—Claro que no nos olvidamos —respondió Vogel, tajante, sin perder la insolencia con la que había comenzado la conversación—Al Tercer Reich y a su gobierno señor Álvarez, nos unen muchos intereses comunes y por eso mantenemos las mejores relaciones a todos los niveles. Como, por ejemplo, preservar la pureza de sangre aria y no cejar en la lucha antibolchevique…—El SS bajó algo la voz para añadir —Pero ahora no me estoy refiriendo a estos casos. Usted sabe a qué he venido. ¿no es así? —remató, seco y mal encarado.

—Me lo imagino. A algún tema de visados, de pasaportes o algo parecido.

—No exactamente.

—Pues ése es aquí mi principal cometido. Así que antes de que siga, Vogel, ya le tengo advertido que no todos los casos que ustedes nos imputan competen a esta casa. Muchos dependen de Asuntos Exteriores, incluso del Ministerio del Ejército. Hace dos años que no paramos de firmar unos acuerdos que además no dejan de ampliarse constantemente. ¿A cuál de ellos se refiere usted ahora?

Sin poder contener la furia por más tiempo, el capitán Vogel atacó directamente.

—¿Quién le ha dado permiso para concederle un pasaporte a ese mediquillo medio inglés?

—No le entiendo. ¿Qué pasaporte y a que médico se refiere? ¿inglés?

—Por favor Álvarez… sabe muy bien a quién me refiero. Usted mismo lo ha extendido y firmado el pasaporte que le permitió salir de España a ese indeseable de Martínez Alonso por la frontera de Ciudad Rodrigo y escapar tranquilamente por Vilar Formoso a Portugal.

El comisario actuó con la dureza de cualquier alto funcionario ejerciendo en 1942 al recibir la llamada desde la frontera de Ciudad Rodrigo pidiéndole autorización de salida, mientras el matrimonio Lalo y Moncha esperaban intranquilos su respuesta junto a Joan y David Babington-Smith, sin saberlo.


Eduardo Martínez, el Schindler español

Los confundidos aduaneros estaban obligados a contrastar su firma oficial en los pasaportes con las listas entregadas por la Gestapo en las fronteras, donde destacaba el apellido Martínez Alonso, que les impedía el paso.

Cosa que por otro lado sabía muy bien el reducido grupo de diplomáticos británicos que encubrieron su huida. Incluyendo desde la distancia, el Comisario de la Brigada Político-Social desde Madrid, les facilita el paso a Portugal con su beneplácito inconfesado y oculto a esos oficiales de la Gestapo que merodeaban por Gobernación. Los verdaderos rastreadores de la pareja. El gobierno español no tenía ningún motivo legal para detenerlos. La pareja podía salir tranquilamente de viaje de novios a Lisboa. En ésta ocasión tanto Eduardo Martínez Alonso como su esposa salieron airosos de una peligrosa aventura.

Próximo capítulo… El coraje de Margarita Taylor.

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